¿Amigo o enemigo?
Hoy no hay muchos que no utilicen o no tengan el maravilloso invento
denominado teléfono móvil. Los hay de muchos diseños y colores: grandes,
pequeños, medianos, grises, negros, con Internet, sin él… Se ha
convertido en un elemento indispensable para el ser humano porque
gracias a él podemos hablar a distancia, escribir y enviar mensajes,
jugar a juegos, meternos en nuestras redes sociales e, incluso, algunos
los utilizan como herramienta de trabajo. Pero, ¿es bueno pasarnos todo
el día pegados a la pantalla de este aparato?
Mi
respuesta es un no rotundo. Por supuesto que es malo. ¿Desde cuándo es
algo bueno pasarse horas y horas con la vista fija únicamente en la
pantalla del móvil sin darnos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor?
Siendo sincera, es más que obvio que la sociedad de hoy en día sufre de
una terrible dependencia hacia estos aparatos electrónicos. Yo me sitúo
entre ellos, pues siento la necesidad de mirar mi teléfono cada dos por
tres, esperando algún mensaje inexistente o cualquier otra cosa. Es
alarmante que esta necesidad vaya aumentando con el paso del tiempo.
¿Qué es realmente esta dependencia? La nomofobia o el miedo a estar sin
nuestros teléfonos móviles es una fuerte adicción hacia estos
dispositivos; en otras palabras, un hábito difícil de quitar. Empezamos
utilizando estos pequeños, y no tan pequeños, aparatos una hora al día y
poco a poco este tiempo incrementa hasta que prácticamente nos pasamos
todo el día con ellos en las manos.
¿Alguna vez
habéis sentido la curiosidad de saber cuánto tiempo malgastáis
utilizando el teléfono? Yo sí y he de deciros que me pasaba dos horas
haciendo lo que sea que hiciera y, lo peor de todo, ¡es que era en
temporada de exámenes! Dos horas que podría haber empleado estudiando.
Lo peor de todo es que le damos más importancia a la persona que está
detrás de la pantalla que a la que tenemos delante. Parece que hemos
interiorizado el hecho de que cuando nos llega un mensaje y estamos
hablando con una persona, esta deja de ser de nuestro interés y pasa a
un segundo plano debido a que preferimos contestar ese mensaje a hacerlo
más tarde (porque tenemos la opción de hacerlo). Ese gesto me parece
una falta de respeto, y sé que estoy siendo hipócrita porque yo soy la
primera en hacerlo, pero es algo indignante.
Otro de
los aspectos negativos de esta horrible adicción es que como le damos
tanta importancia a este uso, la relación que tenemos con las personas
con las que convivimos se va debilitando con el paso del tiempo. Por
ejemplo, la relación familiar. Siento que a raíz de esta dependencia
cada día me comunico menos con mi familia. Muchas veces en la cena tanto
mi hermana como yo estamos cada una mirando cosas en nuestros teléfonos
móviles mientras que nuestra madre intenta sin éxito mantener una
conversación con nosotras. O, peor todavía, cuando cenamos ella y yo
solas, ni siquiera hablamos. ¿Qué clase de relación fraternal queremos
establecer si no ponemos de nuestra parte para crearla?
Yo admito que tengo esa necesidad de tener mi teléfono conmigo encima
de la mesa de la universidad cuando estoy en clase porque no puedo pasar
mucho tiempo sin él. Gracias a una
aplicación que descargué
gratuitamente pude saber con exactitud cuánto tiempo malgastaba
utilizándolo. Al darme cuenta que derrochaba tanto tiempo que podría
haber sido empleado, por ejemplo, para hacer deporte o para escribir, he
decidido hacer lo que sería un horario de su uso. Ahora en vez de
usarlo desde que me levanto hasta que me acuesto, he decidido no usarlo
en las clases de la universidad ni en extraescolares, y en casa solo me
permito usarlo un par de horas al día.
Antes de
acabar quisiera subrayar la importancia que tiene este tema hoy en día,
ya que la mayoría que seguramente leerá está entrada no será consciente
de que “sufre” este problema. ¿Cómo podríamos solucionarlo? No creo que
sea posible a base de pastillas, sino que es más bien la fuerza de
voluntad de uno mismo, las ganas de acabar con ello, la ayuda que
deberíamos recibir.
Con este artículo solo quiero
que os deis cuenta de que el teléfono móvil no es lo más importante que
hay en el mundo. La familia, los amigos, el trabajo… todo eso sí que
tiene mucha más importancia que pasarse muchas horas enganchado a este
aparato tecnológico por muy bueno que sea o por lo mucho que os haya
costado. Establecer relaciones cara a cara en vez de manera artificial
es mucho mejor, aunque confieso que en ocasiones eso es imposible y que
la única manera de hacerlo es vía mensaje. Eso sí lo veo con buenos
ojos, pero lo de estar hablando con alguien que puede que esté al lado
tuyo (cosa que me ha pasado) es algo que no debería pasar.
Autora: Mónica.
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